ALTO: no más pensiones de lujo inmorales e injustas

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Toda sociedad digna debe aspirar a que sus adultos mayores tengan una vejez digna, donde puedan disfrutar del fruto de los esfuerzos de la vida, esos años donde las canas están para jugar con los nietos, crecer espiritual y culturalmente, hacer voluntariado, y participar activamente en su comunidad.

Sin embargo, para pesar de la moral nacional, hoy tenemos diversa legislación en materia de pensiones que han creado tales asimetrías que muchas de ellas son un grueso peso sobre la espalda del pueblo trabajador.

El dinero de las pensiones, que se depositan mensualmente en las cuentas bancarias de los retirados, no crece en árboles, solo que procede de dos fuentes: la inversión de las cuotas que aportó en su época productiva por medio de la deducción del salario/aporte patronal o la extracción del dinero del pueblo.  

En el primer escenario tenemos justicia, donde una persona se privó de ciertos ingresos durante su etapa laboral para disfrutarlos en los años dorados, esas pensiones corresponden naturalmente al orden moral de una democracia y reflejan los valores que debemos promover.

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En el segundo tenemos ese sistema asimétrico y repulsivo que parece resabio colonial, donde unas personas han sabido tomar ventaja de un alambicado sistema de normas que ellos mismos o sus antepasados aprobaron, sistemas de relaciones, privilegios y excesos, les permiten “conforme a Derecho”, no solo recibir millones mensuales sino también en edades en las que podrían seguir trabajando.

Cuando nuestra sociedad tenía menos acceso a información, debate y hasta una percepción idílica del Estado como patrono de beneficio ilimitado, esto se consideraba normal.

Por eso era normal que los diputados sin importar su edad y con apenas cuatro años de trabajo, salieran con pensiones millonarias -normativa ya derogada-, así como otros regímenes de servicio público donde en una ecuación tiempo laborado y años cumplidos, garantizaban pensión; esto permitió que personas con apenas tres décadas de laborar fueran pensionadas.

Incluso había un sistema de triquiñuelas donde la persona en sus últimos años era ascendido u ocupaba una posición política para dar el gran salto a una lucrativa pensión, sin conexidad alguna con sus aportes.

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Aunado a lo anterior, también era normal ver a ese hombre o mujer de mediana edad, de jugosa pensión, ejerciendo su profesión demostrando de manera irrefutable que no estaba en edad de retiro.

Si bien muchos vicios se han corregido, es hora de rectificar más y no postergar esa necesaria batalla.

¿Por qué dar batalla? Todavía quedan posiciones, apellidos y regímenes que se sienten miembros de monarquía y ofenden a la clase trabajadora. Hoy esos mismos grupos realizan todas las maniobras posibles, desde el cabildeo político hasta la defensa jurídica, para que sus odiosos privilegios permanezcan incólumes, les acompañen hasta la tumba e incluso heredarlos.

Esperamos que los Tres Poderes de la República puedan defender al pueblo de este canibalismo que no se puede tolerar más y que no solo se ponga límites al exceso, sino que conforme a la ley los costarricenses podamos jubilarnos con las mismas reglas como la edad, tope máximo de pensión y que este esté acorde a los aportes realizados.

¡Reinventemos el futuro!

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